Oscuro,
todo está oscuro. No se oye nada alrededor, todos están durmiendo. Ahí están,
con sus ojos cerrados, ocultos bajo varias capas de abrigo y dándole la espalda
a la puerta de salida y de entrada. Y mientras yo aquí, despierto, con los ojos
bien abiertos, expectante ante cualquier detalle, atravesando una vez más la
misma calle. Inclino la cabeza, inspiro de manera profunda y miro al cielo,
como si en alguna estrella se hallara la respuesta rotunda que deseo encontrar.
Si por un casual está ahí arriba, continuo sin verla. Expiro, y abandona mi
cuerpo un enorme suspiro compuesto de CO2, un átomo de corazón y otro de orientación, sin
olvidar el 2 que da sentido al compuesto, pues sin corazón, ¿para que
orientarte?, y sin orientación, ¿quién te ayudará a guiarte?
Luego,
sin saber porque, mi mirada se dirige al suelo, y no, ahí tampoco encuentro
nada. Tal vez el problema esté en mí, que no he sabido buscar, pero, ¿cómo
encontrar algo cuando tan si quiera sé lo que busco? Hay tantas cosas que sigo
sin comprender.
¡No
entiendo como podéis seguir durmiendo tan tranquilos! ¿Por qué no despertáis?
¡Tanto
por hacer, tanto por descubrir, tantas preguntas que esperan ser contestadas!
¿Es que sólo a mí me recorre esta sensación de vacío?
Quizás,
ahora que os observo con mayor detenimiento, sí, ya lo veo, ahí está, ahí se
encuentra vuestra ignorancia. Sumidos en ella estáis seguros, durmiendo, con
los ojos fuertemente cerrados para mantenerla, arropados por mentiras
protectoras, para evitar verdades dañinas a las que os parece mejor dar la
espalda. ¿Cómo lo hacéis? ¿Cómo lográis mantener constantemente ese equilibrio?
No,
no lo comprendo. No comprendo porque soy distinto. Aquí, callado, buscando pero
sin hacer el mínimo ruido. Espera, ¡tal vez ese sea el problema!
Y
cuando por fin estoy decidido a romper la barrera del silencio y a gritar
fuerte, de repente, escucho un susurro: “Shh, calla, que todos duermen.”