Apaga, ¡apágalo todo ya! No sigas. He dicho que no sigas,
¡cállate! Calla de una vez y para siempre, no quiero volver a escucharte, tú y
sólo tú tienes la culpa de esto que me pasa. Mi mirada se pierde antes de
comenzar a buscar, sonrío porque no me quedan lágrimas que derramar, e ignoro
la vida por mera venganza, ella me ignoró primero. ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué
consigues con esto? No lo soporto más. Has hecho que ahora viva en una continúa
apariencia y te empeñas en convertir en prioridad lo que tanto me costó dejar
como experiencia. Pero no sólo te conformas con luchar contra mí, además
combates contra mi orgullo y lo sometes de tal manera que mis gritos de ira se
transforman en murmullos. Sólo dejas que el silencio me consuma, y entre las
dunas de este desierto sofocante, hundes, cada vez más, mis pies en la arena.
Cuando logro coger una bocanada de aire, llegas y me sumerges en las
profundidades de dónde tanto quiero salir, como si en el fondo del mismísimo
Pacífico me encontrase, sin aire, sumido en la completa oscuridad, y sin
posibilidades de lograr llegar a la superficie, la salida. ¿Tú nunca lo
comprenderás verdad? Te niegas a darte por vencido. Sigues ahí, al acecho del
mínimo detalle para volver a emprender la lucha, ahí en mi pecho, expectante y
a la vez guiándome incluso contra mi voluntad, egoísta corazón.
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