Y como un ignorante más camino entre calles y avenidas, creyendo que el amor huyó por un callejón alguna de aquellas noches frías, recuerdo haberme fijado bien en la piedra con la que tropecé, pero las malas costumbres no se pierden y caí otra vez, siempre tuve fe, eso es cierto, pero ahora tantas sombras lóbregas me generan desconcierto, siempre pensé que observaría aquella farola encendida, pero la luz se apagó para no volver igual que se va la vida, no niego que hayan buenos técnicos que las reparen si la calle lo ansía, pero está claro que jamás volverá a brillar como el primer día. Quizás la solución sería caminar por otras calles, andar por otras avenidas, fijarme en otra farola, pero el paseo exige que siga una dirección sola. La calma pide paciencia, la necesidad que se le complazca y la esperanza simplemente su propia existencia, pero aún así sé que en algún momento volveré a llegar al final del camino extenuante, y allí donde observaba a aquella farola, habrá otro caminante, con más o menos recorrido que yo, pero de cualquier modo, ese camino lo atravesamos todos, y costará llegar al final, las piernas pedirán parar, la voluntad por fuerte que sea se debilitará y el corazón se detendrá en el momento que los ojos vean lo que los oídos no quieren escuchar pero el alma exigirá luchar, al fin y al cabo, si el camino es tan largo, es porque en el final espera otra farola cuya luz brillará con más intensidad que la anterior y me enseñará una valiosa lección tras un enorme sin vivir, lo que ha estado siempre a nuestro lado es bueno, lo que queda por descubrir es aún mejor. Y en el caso de que al final del camino solo haya otro fracaso, sabré y soy sincero, de que en aquella avenida, al final de aquella calle, entre sombras, me paré a observar como brillaba la luz de una farola y disfruté de ello, y me consolará saber que yo fui el primero y lo asumo, como el primero ninguno.

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